Varanasi

Amanecía cuando cruzabámos el puente sobre el Ganges. Nunca se me olvidará esa imagen. El color rojizo del cielo, reflejado sobre el agua del río. Un montón de casitas y edificios se veían a lo lejos; la bulliciosa ciudad de Varanasi nos esperaba al otro lado. Se empezaba a oír el ruido de la ciudad y el sol entraba con fuerza por las ventanitas del tren.

Fue toda una odisea salir de la estación. Según íbamos andando nos encontrábamos con obstáculos en todas direcciones, gente corriendo, maletas, basura, algún que otro perro callejero y gente que nos quería vender cosas. En cuanto pusimos un pie en la calle, nos rodearon un montón de conductores de tuc-tuc que casi se peleaban por llevarnos a algún sitio. Sentí lástima en ese momento. Todos gritaban preguntando a donde íbamos y en cuanto supieron nuestro destino empezaron a gritar precios regateando unos con otros. Yo no daba crédito a lo que estaba pasando. Pronto entramos nosotros en el juego y tras un largo rato bajo el abrasante sol, decidimos seguir al conductor que aceptó nuestro precio. Pero no había acabado ahí la cosa, una vez sentados en el tuc-tuc, el conductor se dio la vuelta, nos miró y nos subió el precio. Sinceramente yo le hubiese dicho que sí con tal de salir de ahí pero mis compañeros tenían muy claro que por ahí no pasaban. Creo que todos nos sentimos un poco traicionados con aquel hombre, en parte porque después de dar tantas vueltas no habíamos conseguido nada.

Al final llegamos al hostal por el precio que nos habíamos propuesto y nos guardamos el teléfono del señor que nos trajo para poder llamarle a la vuelta también.

Varanasi era caótico; motos con cinco personas, bicis, vacas, coches, todos en la carretera sin orden alguno. Yo temí por mi vida en alguna ocasión, sin embargo les veía tan tranquilos a los conductores y a los peatones que me acabé acostumbrando. Más que por normas se guían por los claxon de los vehículos; si alguien te pita, todo el mundo sabe que te van a adelantar o que estás estorbando. Me entraba la risa floja cada vez que nos montábamos en tuc-tuc, no podía evitarlo.

El hostal donde estuvimos nos encantó. Todos éramos gente joven que estaba allí de paso y el ambiente era muy amigable. Conocimos a un par de españoles que estaban recorriendo el norte de India y nos contaron muchas aventuras esa noche en la terraza mientras cenábamos. Fue interesante escucharles ya que nosotros estábamos viviendo la experiencia de la India como voluntarios pero no como turistas, un curioso contraste. La verdad es que conocimos a mucha gente en esos dos días de muy diferentes países con muy distintos recorridos.

Contratamos dos visitas guiadas con el hostal para conocer la ciudad, con una nos enseñaron los templos más famosos y con la otra conocimos la parte vieja de la ciudad y dimos un paseo en barca por el río. Nuestro guía era muy gracioso, un indio que daba las explicaciones haciendo rimas y a veces incluso se metía con nuestra inexperiencia en la India. Algunos nos pusimos a su lado mientras andábamos de un lado a otro y nos iba contando curiosidades sobre la ciudad. Cada vez que teníamos que ir al otro lado de la bulliciosa carretera gritaba con una sonrisa burlona “¡cerrad los ojos que vamos a cruzar!”.

La ciudad era muy colorida, estaba lleno de mercados de especias y frutas, tiendas que vendían telas vistosas para los Saris, (el típico vestido de mujer india), había también tiendas de marcas conocidas. A la entrada de los templos había tenderetes llenos de flores que se vendían para poder ofrecérselos a los dioses. Siempre entrábamos descalzos y había gente pobre que cuidaba los zapatos a cambio de algún donativo.

Los templos a cada cual más curioso y bonito. El que más me gustó fue uno de color rojo muy vistoso, “Durga Temple”. Recuerdo que uno de ellos también me llamó la atención porque para acceder había que recorrer un caminito que parecía una jungla llena de monos. Dentro siempre había gente rezando y ofreciendo flores y dulces a sus dioses. En alguno se oía a gente rezar en alto con una cierta melodía que casi parecía una canción. El olor a incienso era muy intenso. Me llamó mucho la atención el contraste de la suciedad y la pobreza de la calle con el orden y los decorados de los templos.

Tras una rica comida y unos cuantos litros de agua, nos dispusimos a conocer el resto de Varanasi. Fuimos a la parte vieja de la ciudad, fue la que más me gustó, disfruté cada paso. Un montón de callecitas estrechas dispuestas como si fuesen un laberinto. Había muchos vendedores, ya fuese en tiendas o sobre una sábana blanca en el suelo. Muchos vendían verduras y frutas, otros telas, flores, también había muchas tiendas de souvenirs para los turistas. Pero ante todo reinaba la pobreza y la suciedad. De vez en cuando alguien se nos acercaba pidiendo dinero. Fue duro. Sobretodo hubo un momento en el que una mujer se acercó a pedirnos que le compráramos leche a su bebé que llevaba en brazos, se me encogió el corazón.

Sentía constantemente la necesidad de darles todo lo que tenía y a la vez mucha impotencia ya que era imposible abastecer a todo el que lo necesitaba.

Cada rincón era una sorpresa. De repente dimos un brusco giro y nos metimos por un callejón muy estrecho, no sabíamos a dónde nos dirigíamos; poco a poco el callejón se fue haciendo más amplio y aparecimos en un alto con escaleras que bajaban al Ganges. Increíbles vistas. Estaba lleno de gente. Muchos se estaban bañando en las aguas marrones del río y la verdad daban cierta envidia con el calor que hacía. Los turistas sacaban fotos de la escena y nosotros comenzamos a bajar las escaleras para coger la barquita.

Estando en la barca fue como si el tiempo se parase, recuerdo que no podía dejar de mirar la puesta de sol; colores rosas y morados que hacían que por unos instantes el agua dejase de ser de color café con leche para ser del color del cielo. Todavía hacía algo de calor pero la brisa que soplaba aliviaba después del caluroso y cansado día. Recorrimos a lo largo un trocito de costa viendo los distintos edificios y conociendo su historia.

Varanasi es una ciudad conocida por sus rituales de cremación de cadáveres. La muerte es simplemente un paso más en la vida para ellos. Mediante el ritual de cremación el fallecido puede obtener la bendición de la madre Ganga para así estar un paso más cerca de la reencarnación. Muchos indios vienen de fuera a esta ciudad para poder realizar el ritual. El proceso es el siguiente, cuando muere un familiar, los hombres se rapan la cabeza por completo y las mujeres se cortan las uñas. Esperan unas siete horas desde que fallece para la cremación. A continuación bañan el cuerpo en el agua sagrada del Ganges y untan el cadáver con una especie de mantequilla especial muy típica en la India. Las mujeres cubren el cuerpo y lo decoran con flores y telas vistosas. Sólo los hombres pueden acudir al acto de cremación ya que a las mujeres se les considera débiles para asistir porque no podrían aguantar el dolor y sus llantos interferirían.

Ya anochecido nos dirijimos a la zona de las cremaciones. Un montón de barquitas se fueron acercando y poco a poco se llenó el trocito de orilla que rodeaba el edificio. No sabía que esperar, no sabía que iba a ver, estuve atenta a cada movimiento que se producía. Era completamente de noche, se veía claramente el vivo fuego. Unos cuantos hombres cargaban a hombros una especie de camilla hecha con palos, el cuerpo iba tumbado encima totalmente cubierto por telas de colores anaranjados y muchas flores y lo situaron encima de las llamas. En la orilla se ven otras camillas similares, dejándose bañar por el río, esperando su turno. De vez en cuando se acercaban a echar más leña y a rociar con agua del río.

Es curioso que a unos pocos metros de todo este ritual, la vida sigue como si nada estuviese pasando, perros paseando, vacas tumbadas por las calles, gente lavando ropa en el río. Varanasi es un lugar donde la vida y la muerte conviven muy de cerca. Es un lugar que no olvidaré.

He visto sonrisas e ilusión, he visto lágrimas y desesperación. Una mezcla de sensaciones que sin duda me llevo conmigo para siempre y que de alguna manera me han hecho ver las cosas de otro modo, me han abierto los ojos y a la vez el corazón. “Se agradecida por lo que eres y por lo que tienes”, me dijo mi amigo Kumar en una ocasión.

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2 comentarios en “Varanasi”

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